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sábado, 23 de marzo de 2013

2x1: Intentar hablar en Neurosis.

"Esto lo escribí para alguien que no está acá."

Intenté escribir como una persona normal:
traduciendo mis pausas en las comas
e intentando condensar la importancia de cada letra con las tildes,
arreglando emociones en los versos separados por sus rangos resaltados por los verbos.
Intenté, pero no pude.

Hace meses me paré en este mismo lugar,
y di cátedra sobre cómo cuando uno se enamora cambia de idioma.
Hoy, después de haberme dado cuenta de lo estúpido que es intentar hacer caber un significante como el tuyo en un significado,
desaprendo las notas que tengo escritas con colores en mi piel,
y ajusto el pensamiento para darme cuenta que cuando uno padece de esta enfermedad,
es inútil y de iluso referirse a un idioma, vivo o muerto, porque de nada sirve hablar.

Intenté decirte cómo cada vez que tus labios se aventuran en mi cuello,
siento que mis brazos se caen y se juntan y se pierden entre los retazos de tela en el suelo,
como si fuesen hojas de un girasol que tus dedos dejan volar junto al viento,
mientras me quedo con un ramo de emociones a flor de piel,
cada una susurrándole a la noche la misma pregunta que yo le hago a los pétalos que solían formar parte de mi ser.
Me quiere.
No me quiere.
Intenté escribir que de pronto me doy cuenta que soy sólo un tallo que vos sostenés entre tus dedos,
moviendo de un lado para el otro,
y que lo que es tallo no es realmente tallo sino que es corazón.

Últimamente me doy cuenta que no hablo en pelotudo,
hablo en neurosis y sin puntos
porque asimilé la gramática de tus miradas en las mías,
y este es un dialecto que aprendimos y sabemos los dos.

Intenté, pero no pude, diagramar en forma de poema
la montaña rusa de sensaciones que viajan de mis pies a mi cabeza
cuando la mañana todavía es noche y yo me doy cuenta
que, a pesar de la oscuridad con las cortinas a medio cerrar,
y la luz apagada de mi pieza, mis ojos se acostumbraron a abrirse y verte,
y los huecos entre mis dedos a sentirte,
y que hacía tanto tiempo no me sentía a gusto en mi propia casa,
con el pelo batido y el aroma ajeno impregnado en mis sábanas.

Intenté inútilmente poner en escrito lo que siento al tenerte conmigo.
Recurrí a un diccionario, intentando repasar palabras que me vienen machacando en la cabeza desde primer grado,
cosas que yo debería saber decir desde hace ya años,
pero ninguna agrupación de letras se compara al grupo de símbolos y signos que veo con tu firma en mi cuerpo.

No hay manera de decir más que la única en la que puedo decir,
que mientras escribo esto,
pensando en tus manos acariciando las mías,
me miro al espejo y espero ver lo que creo sentir violeta.
Intenté, pero no puedo, decirte que quiero que mientras esto dure,
sea eterno.

(porque no quiero subir el video porque parece que tenía una enfermedad que me hacía temblar mucho)

miércoles, 20 de marzo de 2013

Química.

Siento mis huesos estirarse hasta el techo para poder llenarse de vos. Tus dedos reacomodando mis electrones, protones y neutrones, haciendo que se difuminen mis límites con los colores de los doscientos seis gritos que empujan las paredes que nos encierran. Tus labios haciendo cráteres en mi piel con cada beso que me impregna de tu sabor y graba en mis células tu calor. Siento tu corazón en tu boca latiendo al unísono con mi respiración entre mis piernas, cantando y diciendo con fuerza lo que las palabras no pueden decir.
Pienso en baobabs y me olvido de los lobos en tu mirada. Reproduzco discos enteros en mi mente y líneas de películas en tu sonrisa. Me gustaría darle pausa a nuestra escena: extenderla por eones para no volver a sentir dos mil seiscientos años luz entre el vos y el yo.

jueves, 14 de marzo de 2013

¿Vuelvo a la erótica?

- Te invito un trago.

Ella sentía cómo sus manos jugaban por debajo del mantel e irrumpían en sus piernas. Mientras sus dedos se aferraban al vaso ya vacío que intentaba descansar sobre la mesa y sus gritos rasgaban su garganta buscando la salida, sentía los de él viajar desde su rodilla hacia arriba. Cada segundo que pasaba era un litro de sudor que quemaba su piel intentando disfrazarse bajo la luz tenue del bar y el maquillaje que sus labios borraban de su rostro con cada beso robado. Podría llenar la habitación con cada pecado que sus manos cometían. Afuera la lluvia caía, pero su cuerpo era el séptimo círculo de su infierno personal, donde cada infracción de sus dientes en su cuello ganaban el perdón, y la fuerza los arrastraba a los dos al paraíso.

domingo, 10 de marzo de 2013

El juego de la vida.

Me encantaría poder usar mis palabras,
pero mi mente está demasiado ocupada descifrando cómo se mueve el caballo
y qué hiciste con tu reina cuatro turnos atrás.
Pienso diez movimientos adelante en el tiempo,
treinta oraciones que quiero llegar a decir
pero, para cuando llega el momento,
perdí mi turno y me perdí a mí misma en el juego.

Apostar siendo neurótica no es fácil.
Tengo la mano, las fichas, las cartas en el tablero
y mis manos tiemblan con miedo
porque siempre hay lugar a una pizca de duda en una mirada amiga
que da lugar a una mentira porque todos quieren ganar.

¿Ganar qué?

Lo que todos queremos no es una gran entrada
sino una salida triunfal.
Queremos poder darnos vuelta,
ver nuestra sangre y sudor en la mesa,
recordar el suspiro de alivio cuando nuestra mano nos dio aires de grandeza
y sentir...

¿Sentir qué?

Sentir la adrenalina corriendo por nuestra sangre.
Sentir la derrota por fin drenándose por nuestros poros,
goteando por las patas de la silla
y dejando un charco en nuestro lugar mojado con nuestras inseguridades.

¿Eso es ganar?

Siento como los otros jugadores de la vida sienten el hedor de mi miedo.
De la neurosis a la psicosis hay sólo un par de pasos a caminar.
Veo en sus miradas el rojo de la codicia de la victoria porque
todos quieren ganar,
pero entre esos ojos busco el par que resalte en tonos violáceos
que me recuerde en mi peor momento que lo que yo estoy buscando es lo más cercano
a lo que una atea como yo puede considerar pecar.

Escaneo la sala buscando avistar dos ojos que tengan tanto de retina como de cristal,
que logren hacer un salto en el tiempo
y abrir un portal entre mi silencio y el suyo
para recordarme que las reglas de la vida no son las que me han forzado a respetar.

Todos quieren ganar.

Ganar el respeto en la oficina,
ganarse el nombre de la familia.
Ganarse la pareja trofeo, los hijos, la casa, el auto, el patio y la vida ideal.
Ganarse el derecho a portar las ojeras de la rutina y los kilos perdidos
y la ceguera inevitable de ver mucho de nada especial.

Yo no quiero ganar.
Yo quiero perder.

Quiero perderme en el sinsentido
y la marea de los pozos sin fondo de inseguridades de alguien más.
Quiero perder ante la electricidad que corre desde la yema de mis dedos
hasta la punta de mis pies,
erizando mi piel y recordandomé de cada rincón olvidado,
de cada centímetro maltratado.
Quiero recordar el sabor de la derrota en mis labios,
y el escozor de la vergüenza en mi cintura avanzando hacia mis piernas.

Yo no quiero ganar.
No quiero ser la última en cruzar la meta.
Yo no quiero llegar.

Porque lo que quiero es encontrar el punto en el espacio y el tiempo
donde no importen los tréboles ni los bastos.
Donde no haya límites de tiempo, donde no haya cuadrados que limiten cuánto puedo avanzar.
Donde las reglas las escriban tus dudas en las mías.
Donde haya infinitas mañanas y noches que nunca terminan.
Quiero perder ante la magia de las cartas tiradas en el piso,
y de dos corazones quemados en violeta que fusionados hagan una llama que ilumine y consuma.


martes, 5 de marzo de 2013

Romper y arreglar.

Se sentó a esperar. ¿Qué? No sabía todavía. Descansaba la vista en cada rincón buscando migas de los recuerdos de los que se había deshecho, mientras arrastraba los pies por el piso de aquella habitación tan llena, pero tan vacía de lo que vale la pena. Sus dedos paseaban por el borde del vaso a medio terminar en la mesa ratona al lado suyo, mientras sus ojos se cerraban. 
De repente ya no estaba más encerrado entre esas cuatro paredes. El frío del viento que corría más rápido que el tren lo perforaba. Miraba sus zapatos tan negros como siempre, las hojas naranjas bajo sus pies, y se preguntaba cuándo había sido la última vez que el crujir del otoño le había robado una sonrisa. Podía oler la lluvia aproximarse de la misma manera que podía oler la tinta de la impresora de su oficina en sus manos. La gente pasaba de un y otro lado y se ponía en posición en el punto exacto donde la puerta se abriría. Él todavía tenía el sabor en su boca de cuando, años atrás, solía preguntarse si las personas tenían un sexto sentido o si esto era gracias a la magia de la vida. Ahora sabía la respuesta: pura rutina. 
De nuevo en la habitación sus piernas le exigían moverse. ¿A dónde? Todavía no sabían. Un trago más y sus labios besaban el hielo y el whisky aguado que el vaso ya no tenía. Su cabeza le pesaba, apoyada en el respaldo de su silla. Cerraba nuevamente sus ojos para intentar escapar, pero los intentos eran fútiles. La oscuridad de la noche, el reflejo de otra serie insípida de televisión en los vidrios de los ventanales, el ruido imposible de apagar u opacar del silencio haciendo eco en la cafetera y en la ducha del baño de atrás. Había vacío abismal en cada rincón que mirara. Las manijas del reloj le recordaban del tiempo yéndose de sus manos, como el control de su vida, el respeto hacia su lugar de trabajo, el amor que lo solía llenar. El humo saliendo de su boca escribía formas en el aire condensado, imposibles de leer o descifrar. Sentía el calor viajando por su traquea hasta incendiar los pulmones, y rogaba que un día de estos el fuego lo lograra matar. 
Nuevamente en la estación, esperaba. Lo mismo de siempre: mismo lugar, misma gente. Las telas eran siempre de los mismos tonos opacos, imitando las sonrisas de las personas que no le pedían permiso al pasar. Reducido a un número, a un árbol cuya única tarea era echar raíces en aquel lugar, haciendo cuentas que nunca jamás daban un resultado que no debiese de dar, balanceaba su peso de una pierna a la otra. 
Recordaba este día como cualquier otro, aunque no lo era. En un abrir y cerrar de ojos, el tren estacionado frente a su rostro lo había empujado hacia atrás y las sombras de personas apuradas para entrar golpeaban tanto su cuerpo como su espíritu en el afán de lograrlo. En cuestión de segundos el contorno del tren se difuminaba con los bordes de los edificios y los negros oscuros del horizonte de la ciudad. 
Sus piernas esperaban órdenes, pero su mente se rehusaba a extenderlas. Asustado, mejor dicho en pánico, notó el color en su abrigo mientras sus piernas rosadas seguían el ritmo del claqueteo de sus zapatos sobre el suelo frío. Él no podía más que mirar -¿admirar?- cómo sus ojos se detenían a mirar el tiempo pasar en el pequeño torbellino de colillas de cigarrillo y papeles dejados atrás que revoloteaba al pie de las escaleras. Nuevamente el mismo destino: el tren abalanzándose sobre su mañana, la horda de personas en guerra por un lugar para refugiarse del frío del mundo, sus pies anclados a la tierra y sus ojos fijados en el calor de sus labios moviéndose al ritmo de una música que sus oídos no podían escuchar. Lentamente se sentía perderse en el toque eléctrico de sus dedos contra las rejas ahora violetas a su lado. Su garganta inundada por nudos y sedienta de ella. 
La habitación de repente emitía calor. Sus ojos avistaban los rojos en las paredes y los tonos violáceos en su piel. La luz se colaba entre la persiana y los espacios entre sus dedos, alumbrando su espalda desnuda a su lado. Mas allá, notaba un vaso de agua a medio llenar. 

jueves, 28 de febrero de 2013

Fever.

El cuerpo arde. Desde la punta del pie hasta las puntas del pelo. El fuego infla la habitación con gritos ahogados y ruegos a una deidad abandonada suspirados entre respiración entrecortada y miradas intercambiadas. Las manos se convierten en humo de un color imposible de siquiera divisar en la oscuridad de la noche y del silencio. Rompe los huesos, o al menos así se siente. Los corroe o los convierte algo tan intangible como las palabras que la mañana ahuyenta o el punto (¿y coma?) que escribe la llamada de la realidad en la puerta. Los dientes incineran el cuello y los labios chamuscan todo espacio que caminan en la piel. Todo mapa previamente trazado o esquema ideado se vuelve ceniza con la combustión producida por tu cintura abrazando la mía. La llama de tus yemas arañando tanto mi mente como mis piernas me sugieren que quizás, tal vez, capaz, quemar no sea lo mismo que escocer.

jueves, 21 de febrero de 2013

Influencia.

- Entonces, ¿fue todo una mentira?
- No te estoy diciendo eso.
- ¿Qué me estás diciendo?
- Que parte de mi desearía que no fuera tan verdad.

Mis párpados pesan y mis ojos se duermen de a poco, cantándose la imagen del color de tu mirada lentamente yéndose y licuándose con los sonidos de la música, y las voces de los extraños, y el ruido de la dulce ignorancia (mezclada con la ilusa fantasía), y el olor de la lluvia en tu piel. La paleta de emociones que minutos atrás tomaban mi mente se condensa al tono de la luz reflejada en la comisura de tu boca.
Me siento acá y pienso excusas y mentiras que me persuadan de comprar la historia que tus palabras pintan. Me siento acá y debato si alzar la bandera de derrota sería tan malo, porque el sabor de tu lengua y el fuego que las yemas de tus dedos imprimen en mi cintura parecen dignos adversarios. 
¿Acaso sería tan malo? Le susurro al vaso y veo destellos de un futuro que podría ser escrito en la oscuridad del rincón de mi cabeza que hasta ahora venía suprimiendo pensamientos. ¿Acaso sería tan malo? Le grito al viento en la letra de la canción que los dos nos sabemos.
¿Acaso sería tan malo rendirse ante una posibilidad, dado que hasta hora las certezas han develado una y otra vez un catastrófico final? Esa posibilidad llama al sueño mientras el viento batido del ventilador de mi habitación remarca el contorno del lugar en mi cama que vos podrías ocupar.

miércoles, 20 de febrero de 2013

Renderizame esta.

La habitación estaba fría. La ventana abierta, el viento volando las cortinas. Pero ella... Ella estaba en otro mundo donde la temperatura mínima era 140º y el viento lo único que hacía era simular sus manos por sus piernas mientras se deshacía de la poca tela que tenía encima. Con tan sólo cerrar los ojos detenía el tiempo o lo manipulaba a su favor, yuxtaponiendo el antes con el ahora, creando un completamente diferente después. En su mente, no se había ido. Ese beso no había tenido el sabor a despedida y la noche no había cerrado la puerta con un mundo infinito de yquésis y ahoraquès. En su mente sentía su boca recorriendo el camino que sus manos trazaban y su cuerpo temblando por el roce de sus labios.
Era otro mundo, sin duda. En este, el único tiempo que pasaba era ese que se media en los golpes contra la pared de la cabecera de la cama, o en suspiros negados que decían no mientras cada parte de su ser decía sí.
El olor a lluvia irrumpía en la habitación, pero ella tan sólo podía saborear los efectos residuales de los besos en su cuello y las yemas de sus dedos en su piel.

domingo, 20 de enero de 2013

The Strokes es un soundtrack para el sexo

- ¿Me querés?
- Podría llegar a hacerlo.
- Y ahora, ¿me querés?
- Te deseo.

La habitación olía a decadencia y sexo, con un dejo de alcohol. Las cenizas descansaban en montañas en el cenicero sobre la mesa de luz, como recordatorios del ardor que los había quemado tan sólo minutos atrás. Las prendas esparcidas por la habitación: pistas de un crimen los dos todavía podían saborear.
Una ilusión de luz se colaba entre los agujeros de la persiana, invitando a una brisa dulce que perforaba su piel y, poco a poco, escabulléndose en su cuerpo, la arrebataba del mundo y arrastraba a la realidad.
Dos copas, tal vez borrachas ellas mismas por el vino servido y arrebatado de sus cuerpos, volcadas sobre la mesa, sangrando sus últimas gotas.

- Ahora, ¿me querés?

Deseo mi corazón en tus manos, con la confianza de los hombres más sabios; de tu Dios; de aquel que sabe adónde va y cómo volver; de quien siente tu corazón golpear esas rejas que vos pusiste a su al rededor, y atravesar paredes de piel y sudor, cantando latidos extasiados. Deseo tus ojos clavados en mi mente al salir el Sol, sirviendo de refugio para los recuerdos de noches como hoy, como ayer, como tantas otras debería de haber.
Deseo mi vida en tus labios, y tu cuerpo en el mío; Deseo ver tus palabras escribir en el aire con colores la historia de mi vida, con la fluidez del humo que sale de tu boca y tan pronto, sin remordimientos, deja de ser tuyo y se convierte en tan mío como del mundo. 
Deseo tu punto final a mis noches, y tu sonrisas pisando los frenos de mis lágrimas que hasta conocerte eran tan constantes en la vida. Deseo tu pelo escribiendo tu nombre en mi cuello.
Deseo un principio, y un derecho a demandar poder elegir si la novela merece un fin. Deseo tus holas, y que nunca dure mucho un chau. Deseo la distancia siendo tan enemiga tuya como mía. Deseo el peso de tus alegrías, y el alivio de tu ira. Deseo el remedio a esta enfermedad que tu espíritu me contagió.

- Te deseo.

miércoles, 16 de enero de 2013

¿Podré incursionar en la erótica?

Son las diez de la noche. Llueve. De nuevo el silencio. Silencio sin motores que escucho desde afuera. Silencio sin ladridos, sin voces.
Silencio interrumpido por un sonido al cual ya me acostumbré, pero que cada tanto trae sorpresas.

"Pienso en vos."

Yo también.
Pienso en vos. Pienso en vos allá, y en mí acá.
Pienso en vos en tu cama, mientras yo estoy en la mía, sin remera, sin camisa, sin jeans, sin nada, pero con mis labios sobre tu piel comiéndote a la distancia.
Las palabras son mensajeras de acciones que las manos no pueden llevar acabo.

Cierro los ojos, y estás. Estás acá, al lado. No arriba, no abajo: al lado.
Tus manos en mi cintura y mis manos dibujando mapas enteros en tu espalda.
No quiero hablar. No quiero hablar más que para decirte lo mucho que quiero que tu silencio me consuma.
Lo mucho que quiero tus labios sobre los míos. Lo mucho que quiero tus manos desdibujando límites y trazando nuevos.
Lo mucho que quiero ver tus gemidos en el aire llenar la habitación y saborear tu perfume entre mis piernas.

¿Muy gráfico? Perdón.

Son las once. Sigo acá. Vos allá. Nunca te veo.
Ya es la quinta noche en la que no te veo, pero está bien porque te siento.

Te siento marcando el ritmo de los latidos de mi corazón que van en crescendo con el bailar de tus manos.

Estás allá. Yo acá. Si cierro los ojos te veo.
Te veo entre gritos. Te veo en mi respiración entrecortada. Te veo deshacerte con el arquear de mi espalda.

Estoy harta de verte. No te quiero ver más.
Mentira.
Te quiero ver con los brazos estirados, los ojos tapados, dibujando en tu mente mi silueta con mis labios en tu cuello, y mis manos en tu cuerpo, y mi boca susurrándote calor en la oreja.

Odio esto.
Odio ver tu presión contra mi cuerpo. Sentir mis piernas abrazando tu cintura y tus ojos clavados en mi espalda arriba tuyo.

¿Muy gráfico? Perdón.

Van cinco noches. Ya no necesito cerrar los ojos.
Con los ojos abiertos trazo tu cuerpo sobre el mío, tu mano sosteniendo las mías sobre...
No, no dije nada.

Son las nueve de la mañana.
Me despierto.

Van cinco noches.

jueves, 10 de enero de 2013

TMI: half true, half lies, half life.

Agradezco no tener tu número en mi celular.
Agradezco que mis únicos contactos masculinos sean amigos, familiares, o exs.
Si te tuviese, hoy te habría mandado un mensaje.
Te habría dicho que ayer soñé con vos. Que estábamos en tu casa y te tenía tan cerca como me gustaría tenerte, tanto que sentía latir tu corazón. Te hubiese dicho que mi inconsciente quiere estar mirando una película con vos, e interrumpirla sentándome sobre tus piernas, amagándote con la mirada y con los labios, jugando con tus manos bajo mi pollera.
Si te tuviese entre mis contactos, te hubiese dicho que te quiero tener abajo mio, y después arriba. Que sueño con deshacerte con mi boca y que me rompas con la tuya. Que muero por que me manipules como te plazca, que me tires sobre tu cama, que me presiones contra la pared, que te infiltres en mi mente bajo las sábanas.
Me encantaría decirte que te quiero tirar contra una puerta ni bien te vea. Que te quiero parado mientras estoy en mis rodillas, con tus manos entre mi pelo y tu corazón en la garganta, rogando un respiro. Que quiero sentirte estremecerte, con mis pies sobre tus rodillas y tus manos en mi cintura, controlando qué tan rápido me hacés tuya. Que quiero tu mano en mi cuello, tus labios en mi cuerpo, mis pulmones respirando el mismo aire que los tuyos respiran.
Te hubiese dicho que quiero sentir tu aliento en mi espalda, contorneando mis tatuajes, mientras yo sueño despierta con lo que soñé ayer sabiendo que no tengo que soñar más porque estoy despierta. Que quiero tus marcas en mi piel, susurrarte al oído, rogarte entre gemidos.
De nuevo, agradezco a la Vida no tenerte entre mis contactos.
Porque decirlo me hace querer hacerlo, y querer hacerlo me recuerda que vos estás allá, yo acá, son las cinco y media y yo no sólo no te tengo conmigo, sino que ni siquiera puedo decirte esto.