Esto empezó como el viaje de una chica de unos veintitantos intentando dejar de fumar. Ahora es como un diario íntimo. Esperen incoherencia, ira, frustración, cosas lindas y capaz que un par de cosas sexuales. Lean a su riesgo.
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martes, 26 de marzo de 2013
Traición.
La veía. Observaba sus suplicios escapar entre sus labios, con el miedo a lo incierto escabulléndose entre sus dientes y acariciando su lengua. Podía ver su sangre firmando el contrato que condenaba su futuro. El viento batía sus pelos y no le quedaba más que ser un mero espectador de la película que sus pedidos dirigían en el viento, rogando que encontraran los oídos de alguien más adepto para ser su productor.
Veía cómo su mano se deshacía por el borde del balcón de aquel inocente cigarrillo que había tocado sus labios como él había hecho meses atrás. Otra de sus víctimas que se liberaba de su agarre y tocaba fondo en el cemento de la calle dos pisos más allá: el color rosa de sus labios aún pintado en los bordes; pequeños rastros inborrables de su existencia en su cuerpo.
Intentaba seguirla pero sus ojos se distraían en su ropa y el agua de sus ojos que suplicaba ser dejada en libertad, pero que ella mataba con el morder de sus labios. Él sentía como sus dientes perforaban la fibra de algo que ya no podría ser: algo que, si en algún momento había estado, no volvería a atravezarlo otra vez.
- Quiero algo más que vos no me podés ofrecer.
En esas palabras revivía el diálogo que él nunca habría escrito en sus páginas de habersele dado la oportunidad. Habían dado vuelta a tantas hojas del calendario para llegar a ese lugar, y ahora tenía que limitarse a ver cómo sus anhelos incineraban con una pizca de piedad el porvenir que había esperado por meses.
- Quiero algo que vos no me supiste dar.
Racionalmente, la entendía. Entendía de dónde venían sus inseguridades y miedos, y podía ubicar en el mapa de su cuerpo las faltas que había cometido. La veía y notaba la necesidad de aquellas fotos que ellos nunca habían tomado, y de los gestos para los cuales nunca se habían dado el tiempo, si bien tiempo habían tenido como para regalar. En los gestos de sus manos sentía el fervor del deseo de un futuro que con él era más que improbable que incluyera estrellas iluminadas por canciones y palabras de su extraño idioma que él no sabía pronunciar. En sus oraciones entendía desde un punto de razón la irracionalidad que ella le demandaba a la vida y que sus límites marcados y geométricamente perfectos no podían imaginar.
- Te quiero, pero para mí quiero muchísimo más.
lunes, 25 de marzo de 2013
Lluvia.
Sentía su cuerpo hacerse cada vez más liviano sobre el de ella. Sus brazos dejándose ganar por el abrazo del sueño al rededor de su cintura, su respiración soplando aventuras en su cuello. Si pudiese elegir un lugar adónde ir cuando la vida diese un giro en falso, sería ese: al lado de él, donde la realidad no importaba porque en su corazón no latía el tiempo, sino algo más. Ese era su punto favorito, donde las idas y venidas de la rutina eran tan sólo una calesita para admirar desde lejos.
Aún en la oscuridad podía ver el brillo de las letras que él había escrito en su cuerpo; palabras que hacía rato se había resignado a volver a escuchar; palabras que saliendo de sus labios tenían el gusto más dulce y más eterno. Todavía el fuego de sus manos ardía en su piel. Sentía el calor de su mirada en la base de la espalda haciendo eco y viajando por sus huesos débiles para recordarle que estaba viva.
Miraba sus dedos entrelazados bajo las sábanas y seguía las líneas, que se extendían desde sus palmas a las suyas. No necesitaba recordatorios pero la vida los proveía: el placer de ver que dos cuerpos pueden estar tan cerca de ser uno.
Poco a poco, se dejaba vencer por las garras de la noche que arañaban empezando desde sus pies, haciéndole cosquillas en la planta y viajando hacía arriba por sus músculos, hasta llegar a sus ojos y cerrarlos suavemente. La mañana y su partida estaban cerca. Quería saborear la ternura del momento tanto tiempo como la noche permitiese. Quería grabar en sus párpados la imagen de su cuerpo temblando y el sonido de su voz quebrándose con miedo, pero continuando aún así para escupir al viento las palabras que él despertaba dentro de ella con tan sólo una sonrisa. Con cada segundo que pasaba su consciencia se desvanecía, pero la seguridad que le daban los escalofríos y los nervios todavía presentes por la cercanía la llenaban.
Aún en la oscuridad podía ver el brillo de las letras que él había escrito en su cuerpo; palabras que hacía rato se había resignado a volver a escuchar; palabras que saliendo de sus labios tenían el gusto más dulce y más eterno. Todavía el fuego de sus manos ardía en su piel. Sentía el calor de su mirada en la base de la espalda haciendo eco y viajando por sus huesos débiles para recordarle que estaba viva.
Miraba sus dedos entrelazados bajo las sábanas y seguía las líneas, que se extendían desde sus palmas a las suyas. No necesitaba recordatorios pero la vida los proveía: el placer de ver que dos cuerpos pueden estar tan cerca de ser uno.
Poco a poco, se dejaba vencer por las garras de la noche que arañaban empezando desde sus pies, haciéndole cosquillas en la planta y viajando hacía arriba por sus músculos, hasta llegar a sus ojos y cerrarlos suavemente. La mañana y su partida estaban cerca. Quería saborear la ternura del momento tanto tiempo como la noche permitiese. Quería grabar en sus párpados la imagen de su cuerpo temblando y el sonido de su voz quebrándose con miedo, pero continuando aún así para escupir al viento las palabras que él despertaba dentro de ella con tan sólo una sonrisa. Con cada segundo que pasaba su consciencia se desvanecía, pero la seguridad que le daban los escalofríos y los nervios todavía presentes por la cercanía la llenaban.
domingo, 24 de marzo de 2013
domingo, 10 de marzo de 2013
Resaca de rol y un par de otros males.
- ¿Hace cuánto jugás?
- Casi veintidós años. ¿Vos?
- Treinta y tres. ¿En serio sólo veintidós?
- Sí, pero jugué mucho con toda la gente incorrecta. Ya estoy harta, igual.
- Creo que todos pasamos por eso.
- Sí, probablemente. Es que no me gusta mucho no tener ni voz ni voto en qué me pasa.
- Creeme que te entiendo. Llega a un punto en que lo único que querés hacer es correr y encerrarte en un lugar, y olvidarte que te enseñaron a jugar en primer lugar.
- El problema es cuando tenés las reglas escritas en la piel. Vayas a donde vayas, te mirás tu propio cuerpo y las ves: en una mesa en un bar, estando en tu cama,...
- Y hay peores lugares. Hay agravantes: caminando en la calle, mirando que alguien más te sostiene la mano...
- Sí. Y querés confiar, pero ya han hecho tanto daño. No sabés si esa mano es una mentira aún cuando todo adentro tuyo te pide que creas que es verdad porque querés la emoción del primer juego de nuevo.
- Moriste y volviste al ruedo tantas veces que empezás a dudar hasta de tus propias acciones.
- Tal cual.
- Es horrible.
- Sí.
- Me encantaría poder escribir nuevas reglas.
- Unas que duelan menos cuando todo se acabe.
- O que impidan que acabe.
- Mejor todavía. Nada peor que ese sabor amargo cuando te despertás y sabés que el juego acabó; que todo ese tiempo que invertiste en aprenderte los nombres, los detalles, todo, fue en vano. Ahora tenés que aprenderte nuevos. Invertir más tiempo.
- Odio el tiempo.
- Yo también.
- Me gustaría poder escribir nuevas reglas.
- Unas que no duelan para nada.
- Exacto. Unas que no me hagan querer llorar y vomitar cuando todo se acabe.
- Porque lo que la experiencia me dice es que es inevitable que acabe.
- Un asco.
- Sí. ¿Te alcanzo a tu casa?
- Es tarde: no quiero jugar.
- Yo tampoco.
- Casi veintidós años. ¿Vos?
- Treinta y tres. ¿En serio sólo veintidós?
- Sí, pero jugué mucho con toda la gente incorrecta. Ya estoy harta, igual.
- Creo que todos pasamos por eso.
- Sí, probablemente. Es que no me gusta mucho no tener ni voz ni voto en qué me pasa.
- Creeme que te entiendo. Llega a un punto en que lo único que querés hacer es correr y encerrarte en un lugar, y olvidarte que te enseñaron a jugar en primer lugar.
- El problema es cuando tenés las reglas escritas en la piel. Vayas a donde vayas, te mirás tu propio cuerpo y las ves: en una mesa en un bar, estando en tu cama,...
- Y hay peores lugares. Hay agravantes: caminando en la calle, mirando que alguien más te sostiene la mano...
- Sí. Y querés confiar, pero ya han hecho tanto daño. No sabés si esa mano es una mentira aún cuando todo adentro tuyo te pide que creas que es verdad porque querés la emoción del primer juego de nuevo.
- Moriste y volviste al ruedo tantas veces que empezás a dudar hasta de tus propias acciones.
- Tal cual.
- Es horrible.
- Sí.
- Me encantaría poder escribir nuevas reglas.
- Unas que duelan menos cuando todo se acabe.
- O que impidan que acabe.
- Mejor todavía. Nada peor que ese sabor amargo cuando te despertás y sabés que el juego acabó; que todo ese tiempo que invertiste en aprenderte los nombres, los detalles, todo, fue en vano. Ahora tenés que aprenderte nuevos. Invertir más tiempo.
- Odio el tiempo.
- Yo también.
- Me gustaría poder escribir nuevas reglas.
- Unas que no duelan para nada.
- Exacto. Unas que no me hagan querer llorar y vomitar cuando todo se acabe.
- Porque lo que la experiencia me dice es que es inevitable que acabe.
- Un asco.
- Sí. ¿Te alcanzo a tu casa?
- Es tarde: no quiero jugar.
- Yo tampoco.
viernes, 8 de marzo de 2013
Volvemos con las matemáticas.
Ella simplemente se sentó, mordièndose el labio mientras intentaba digerir el nudo en su garganta y las miles de piedras en sus pulmones que le impedían respirar como Dios manda.
- ¿Qué querés decir con eso?
La habitación repentinamente se llenó de frío. El termostato decía veintisiete grados pero cada suspiro que salía de su boca enfriaba más y más ese espacio cerrado. Se podía cortar la tensión con un tramontina de serrucho.
- No me lo preguntes ahora.
Levantó la mirada esperando que sus ojos se encontraran con los de él, pero no. Ella seguía mirando el piso con su pelo tapando su rostro y las capas de ropa ocultando cada parte de su cuerpo. Un saco, un buzo, una camisa y su corpiño lo separaban de su corazón.
- No entiendo por qué no me querés decir.
Intentó leer algún tipo de señal en sus manos, que jugaban a las escondidas en las mangas del buzo colorado. Consideró sumergirse en el sillón a su lado, pero decidió que no necesitaba más distancia entre ellos dos. En vez, apartó una silla de la mesa, alejándola lo más posible hasta casi llegar a las esquinas de la pared.
Silencio. Contó los segundos y se limitó a medir cómo se iban convirtiendo en minutos. Mientras, intentaba inútilmente graficar en el aire la sucesión de acontecimientos para encontrar cuándo había sido exactamente que la parábola había empezado a moverse para el cuadrante negativo.
- Tengo miedo.
Podía sentir cómo sus palabras latigaban su cuerpo. Él ya no estaba para esto. Odiaba tener que ubicarse entre sus silencios sin saber bien dónde pararse entre su duda y su miedo. Miró en dirección a la puerta y contó los pasos que le tomaría escapar de ese lugar: siete. Intentó pararse y huir pero ni bien se puso en pie, sus piernas empezaron a temblar con sus palabras.
- Somos como un triángulo.
Con ella siempre era un misterio. Le gustaban las metáforas y las analogías y, aunque él intentaba seguirlas, llegaba a un punto en que se encontraba a él mismo perdido en una conversación de dos horas y media tras la cual se sentía más perdido todavía.
- ¿Qué?
Ella se paró. La vio acercarse a la puerta del cuarto y detenerse. Intentó nuevamente leer algún tipo de señal en su postura ya que su boca no pronunciaba más que silencios, pero era pelotudo siquiera intentarlo.
- La suma de los catetos es igual la hipotenusa al cuadrado.
Su cabeza intentaba establecer una conexión entre las clases de geometría y las de literatura y lenguas en la secundaría. Sentía que había faltado a todo un cuatrimestre donde habían explicado la correlación entre ambas y se había sacado un dos en la prueba final y era por eso que no la entendía.
- ¿Qué?
Ella se quedó parada en el marco de la puerta que separaba el living del cuarto. Todavía le daba la espalda. Él nuevamente contaba los pasos hacia la salida y pensaba si huir realmente era lo que quería. Sí, era un misterio. Sí, le dolía la cabeza de tan sólo pensar en intentar descifrarla. Pero sí, había algo más.
- Vos sos un cateto. Yo soy otro.
- ¿Y el otro lado?
Silencio de nuevo. La observaba a la distancia y veía cómo su cuerpo estaba como congelado en ese mismo punto. Se sentían horas entre que habían llegado del bar y cruzado la puerta a la casa.
- Lo que siento por vos, pero me da miedo porque todavía no sé el resultado.
Miraba la parábola que había trazado en el aire entre ella y él e intentaba concentrarse en el cambio de los cuadrantes. Intentaba concentrarse. Era como si hubiese hecho una pésima tirada y lo único que podía notar eran sus manos alejándose de su cintura y haciendo magia en su ropa. Se quedó en su lugar mientras miraba cómo ella había quedado desnuda en el marco de la puerta y le extendía la mano.
- ¿Venís?
- ¿Qué querés decir con eso?
La habitación repentinamente se llenó de frío. El termostato decía veintisiete grados pero cada suspiro que salía de su boca enfriaba más y más ese espacio cerrado. Se podía cortar la tensión con un tramontina de serrucho.
- No me lo preguntes ahora.
Levantó la mirada esperando que sus ojos se encontraran con los de él, pero no. Ella seguía mirando el piso con su pelo tapando su rostro y las capas de ropa ocultando cada parte de su cuerpo. Un saco, un buzo, una camisa y su corpiño lo separaban de su corazón.
- No entiendo por qué no me querés decir.
Intentó leer algún tipo de señal en sus manos, que jugaban a las escondidas en las mangas del buzo colorado. Consideró sumergirse en el sillón a su lado, pero decidió que no necesitaba más distancia entre ellos dos. En vez, apartó una silla de la mesa, alejándola lo más posible hasta casi llegar a las esquinas de la pared.
Silencio. Contó los segundos y se limitó a medir cómo se iban convirtiendo en minutos. Mientras, intentaba inútilmente graficar en el aire la sucesión de acontecimientos para encontrar cuándo había sido exactamente que la parábola había empezado a moverse para el cuadrante negativo.
- Tengo miedo.
Podía sentir cómo sus palabras latigaban su cuerpo. Él ya no estaba para esto. Odiaba tener que ubicarse entre sus silencios sin saber bien dónde pararse entre su duda y su miedo. Miró en dirección a la puerta y contó los pasos que le tomaría escapar de ese lugar: siete. Intentó pararse y huir pero ni bien se puso en pie, sus piernas empezaron a temblar con sus palabras.
- Somos como un triángulo.
Con ella siempre era un misterio. Le gustaban las metáforas y las analogías y, aunque él intentaba seguirlas, llegaba a un punto en que se encontraba a él mismo perdido en una conversación de dos horas y media tras la cual se sentía más perdido todavía.
- ¿Qué?
Ella se paró. La vio acercarse a la puerta del cuarto y detenerse. Intentó nuevamente leer algún tipo de señal en su postura ya que su boca no pronunciaba más que silencios, pero era pelotudo siquiera intentarlo.
- La suma de los catetos es igual la hipotenusa al cuadrado.
Su cabeza intentaba establecer una conexión entre las clases de geometría y las de literatura y lenguas en la secundaría. Sentía que había faltado a todo un cuatrimestre donde habían explicado la correlación entre ambas y se había sacado un dos en la prueba final y era por eso que no la entendía.
- ¿Qué?
Ella se quedó parada en el marco de la puerta que separaba el living del cuarto. Todavía le daba la espalda. Él nuevamente contaba los pasos hacia la salida y pensaba si huir realmente era lo que quería. Sí, era un misterio. Sí, le dolía la cabeza de tan sólo pensar en intentar descifrarla. Pero sí, había algo más.
- Vos sos un cateto. Yo soy otro.
- ¿Y el otro lado?
Silencio de nuevo. La observaba a la distancia y veía cómo su cuerpo estaba como congelado en ese mismo punto. Se sentían horas entre que habían llegado del bar y cruzado la puerta a la casa.
- Lo que siento por vos, pero me da miedo porque todavía no sé el resultado.
Miraba la parábola que había trazado en el aire entre ella y él e intentaba concentrarse en el cambio de los cuadrantes. Intentaba concentrarse. Era como si hubiese hecho una pésima tirada y lo único que podía notar eran sus manos alejándose de su cintura y haciendo magia en su ropa. Se quedó en su lugar mientras miraba cómo ella había quedado desnuda en el marco de la puerta y le extendía la mano.
- ¿Venís?
miércoles, 6 de marzo de 2013
Sensaciones bisiestas.
Es esa sensación comparable a un año bisiesto. Sabés que va a venir, pero pasa el tiempo y te olvidás qué año es y cuánto tiempo atrás fue la última vez y para cuando te das cuenta, te acordás de qué trató su ausencia. Se hace desear, por algo se espera. No digo que uno se inmute, la vida sigue. Los días corren, las horas pasan, los recuerdos vuelan. Pasan estaciones enteras sin esa sensación. Y de repente, te acordás. Te cae la ficha de por qué ese 29 de febrero no es como otros, tanto como esa sensación no se compara con ninguna otra. No podes hacerla caber en años donde no entra. No podés escribirla en historias donde no quiere que la cuentes. No podés forzar a un día a existir donde no debe. Tampoco podés hacer de cuenta que no existe cuando sí.
Es caos, es verdad. De repente un día más. Uno que habías descartado, capaz. Te sacude la rutina. Pero mejor aprovecharlo mientras está.
Es caos, es verdad. De repente un día más. Uno que habías descartado, capaz. Te sacude la rutina. Pero mejor aprovecharlo mientras está.
viernes, 1 de marzo de 2013
Bittersweet irony of life.
Vomitaría mi cariño hasta deshacerme de mi peso en agua, pero mi organismo prefiere sangrar en forma de lágrimas y palabras que no llevan a nada. No puedo pararlas. Quiero escupir este nudo que tengo en la garganta. No puedo comer, no puedo pensar. Cualquier cantidad de llanto derramado vuelve a entrar con el aire, con el silencio, con el ruido de una banda practicando en el garage de una casa que no conozco, que no voy a conocer, pero que probablemente el día de mañana recuerde.
¿Volvería atrás en el tiempo? No creo.
Lo vuelvo a decir: la vida es como un hombre bi-curioso que te llama a las doce de la noche antes de salir te dice que le gusta tu mejor amigo, pero que te ama a vos también. Es una histérica. Los hombres se quejan de que las mujeres les hacemos la vida imposible. ¿Y ella? Una carta. Ahora. Tres de corazones para ser más específica.
Insisto: no llego a nada.
Quiero que hoy se termine y que empiece el mañana.
¿Volver en el tiempo? No, gracias. ¿Detenerlo? Por favor que alguien me señale donde compro de eso.
Quiero detener el tiempo y respirar aire limpio.
¿Volvería atrás en el tiempo? No creo.
Lo vuelvo a decir: la vida es como un hombre bi-curioso que te llama a las doce de la noche antes de salir te dice que le gusta tu mejor amigo, pero que te ama a vos también. Es una histérica. Los hombres se quejan de que las mujeres les hacemos la vida imposible. ¿Y ella? Una carta. Ahora. Tres de corazones para ser más específica.
Insisto: no llego a nada.
Quiero que hoy se termine y que empiece el mañana.
¿Volver en el tiempo? No, gracias. ¿Detenerlo? Por favor que alguien me señale donde compro de eso.
Quiero detener el tiempo y respirar aire limpio.
Conversaciones II
- Está bien...
- No, no está bien. Te mentí. Me mentí a mí mismo.
- Todos hacemos eso alguna vez. Dios sabe que yo lo he hecho más de una.
- Pero ¿por qué?
- Porque somos seres estúpidos que no aprenden y tienen miedo de aprender.
- ¿Aprender qué?
- Que aunque la vida apeste y nos tire un obstáculo tras otro, nosotros podemos elegir ayudarla a envenenar nuestras vidas o defendernos con lo mejor que podamos.
- ¿Y qué es eso?
- Todavía no lo descubrí. Pero algo tenemos que tener.
- Sonás demasiado optimista.
- Soñadora empedernida, ¿te acordás?
- ¿Cómo olvidarme?
- ¿Te acordás de ese juego de sábanas que compramos cuando te mudaste a casa?
- Sí...
- Cada tanto todavía juraría poder sentir tu olor en la tela.
- Perdón.
- Describite en cinco palabras.
- ¿Para qué?
- Vos hacelo.
- Vos primero.
- Ilusa, romántica empedernida, soñadora, infantil.
Debería sumarle complicada. Me olvidé de su respuesta.
- ¿Y?
- Sigue todo igual.
- ¿Una mierda, entonces?
- Básicamente.
- ¿Pensás hacer algo?
- Yo ya tomé mi decisión; él tomó la suya. No hay mucho que hacerle.
- Tenés la peor suerte, boluda.
- Decímelo a mí.
- ¿Y ahora?
- Esperar a que la vida me tire una soga o ahogarme como la mejor. Esa fue mi decisión.
- No, no está bien. Te mentí. Me mentí a mí mismo.
- Todos hacemos eso alguna vez. Dios sabe que yo lo he hecho más de una.
- Pero ¿por qué?
- Porque somos seres estúpidos que no aprenden y tienen miedo de aprender.
- ¿Aprender qué?
- Que aunque la vida apeste y nos tire un obstáculo tras otro, nosotros podemos elegir ayudarla a envenenar nuestras vidas o defendernos con lo mejor que podamos.
- ¿Y qué es eso?
- Todavía no lo descubrí. Pero algo tenemos que tener.
- Sonás demasiado optimista.
- Soñadora empedernida, ¿te acordás?
- ¿Cómo olvidarme?
- ¿Te acordás de ese juego de sábanas que compramos cuando te mudaste a casa?
- Sí...
- Cada tanto todavía juraría poder sentir tu olor en la tela.
- Perdón.
- Describite en cinco palabras.
- ¿Para qué?
- Vos hacelo.
- Vos primero.
- Ilusa, romántica empedernida, soñadora, infantil.
Debería sumarle complicada. Me olvidé de su respuesta.
- ¿Y?
- Sigue todo igual.
- ¿Una mierda, entonces?
- Básicamente.
- ¿Pensás hacer algo?
- Yo ya tomé mi decisión; él tomó la suya. No hay mucho que hacerle.
- Tenés la peor suerte, boluda.
- Decímelo a mí.
- ¿Y ahora?
- Esperar a que la vida me tire una soga o ahogarme como la mejor. Esa fue mi decisión.
jueves, 28 de febrero de 2013
Conversaciones en mi cabeza.
- No te das cuenta. Te pasas todo el tiempo convenciéndote de que estás bien. Sos una nena grande, creciste; maduraste; pasaste por mil ochocientas cosas y acá estás, viva. Sí, estás viva, pero estás haciendo estupideces con cada segundo de tu vida para llevarte a ese punto en que te sentís muerta.
- ¿Por qué me decís eso?
- ¿Me vas a decir que no es verdad? ¿Me vas a decir que no buscás toda la basura que se te cruza en el camino? ¡Fijate!
- ¿Qué querés que me fije!
- Que llevás todo este tiempo actuando como mina madura que ni siquiera te das cuenta que en realidad seguís siendo la misma pendeja tarada que se mete en situaciones de mierda de las que después no puede salir. Todo por tus estúpidas historias.
- ¿Qué?
- Te encanta sufrir porque te da algo de qué escribir.
- No me digas eso.
- ¿Hay otra explicación? ¿En serio! Por favor, explicamelá. Te conozco casi tanto como vos misma y en todo este tiempo cambiaste tanto que volviste al mismo punto de partida.
- No sabés de qué hablás.
- Estás tan acostumbrada a tus historias de mierda y a que tus personajes secundarios te pasen por encima que no podes ver que todo este tiempo lo único que yo quería era
- ¿QUÉ?
- Yo solamente te quería a vos.
- Andate a la mierda.
- No. Me voy a quedar acá. Me voy a quedar del otro lado de tus estúpidas barreras y voy a esperar a que bajes el escudo de mentiras que te decís todos los días hasta que veas que a pesar de todo lo que hiciste, a pesar de todo lo que pasó y de lo que nos hicimos, yo sigo acá. Hasta que veas que aunque todos los que me conocen me digan que me vaya
- Capaz tendrías que hacerlo.
- Aunque todos me digan que me vaya, incluso vos, ¡incluso yo mismo! me quedo porque veo algo en vos que no podés ver vos misma en este momento. Ya lo vas a ver. Lo vas a ver y se te van a quebrar las rodillas y te vas a sentir una pelotuda y te vas a acordar de esa noche en que nos conocimos en que te mentí. Sí, te mentí. Y después vos me mentiste a mi y así una y otra vez. Te vas a acordar de eso y después te vas a acordar de cómo te sentías cuando te respondía los mensajes, porque yo me acuerdo de cómo me sonreí cuando me mandaste un mensaje inesperado para desearme suerte en mi estúpido examen, y te vas a sentir vacía y te vas a odiar a vos misma por empujarme. Y cuando pase eso, vas a abrir los ojos y vas a darte cuenta que aunque me empujes mil kilómetros, yo sigo acá. Porque te mentí, sí, pero no es mentira que lo único que quiero sos vos, forra de mierda. Me voy a quedar acá hasta que decidas jugartela como yo estoy dispuesto a apostar mi vida.
- ¿Por qué me decís eso?
- ¿Me vas a decir que no es verdad? ¿Me vas a decir que no buscás toda la basura que se te cruza en el camino? ¡Fijate!
- ¿Qué querés que me fije!
- Que llevás todo este tiempo actuando como mina madura que ni siquiera te das cuenta que en realidad seguís siendo la misma pendeja tarada que se mete en situaciones de mierda de las que después no puede salir. Todo por tus estúpidas historias.
- ¿Qué?
- Te encanta sufrir porque te da algo de qué escribir.
- No me digas eso.
- ¿Hay otra explicación? ¿En serio! Por favor, explicamelá. Te conozco casi tanto como vos misma y en todo este tiempo cambiaste tanto que volviste al mismo punto de partida.
- No sabés de qué hablás.
- Estás tan acostumbrada a tus historias de mierda y a que tus personajes secundarios te pasen por encima que no podes ver que todo este tiempo lo único que yo quería era
- ¿QUÉ?
- Yo solamente te quería a vos.
- Andate a la mierda.
- No. Me voy a quedar acá. Me voy a quedar del otro lado de tus estúpidas barreras y voy a esperar a que bajes el escudo de mentiras que te decís todos los días hasta que veas que a pesar de todo lo que hiciste, a pesar de todo lo que pasó y de lo que nos hicimos, yo sigo acá. Hasta que veas que aunque todos los que me conocen me digan que me vaya
- Capaz tendrías que hacerlo.
- Aunque todos me digan que me vaya, incluso vos, ¡incluso yo mismo! me quedo porque veo algo en vos que no podés ver vos misma en este momento. Ya lo vas a ver. Lo vas a ver y se te van a quebrar las rodillas y te vas a sentir una pelotuda y te vas a acordar de esa noche en que nos conocimos en que te mentí. Sí, te mentí. Y después vos me mentiste a mi y así una y otra vez. Te vas a acordar de eso y después te vas a acordar de cómo te sentías cuando te respondía los mensajes, porque yo me acuerdo de cómo me sonreí cuando me mandaste un mensaje inesperado para desearme suerte en mi estúpido examen, y te vas a sentir vacía y te vas a odiar a vos misma por empujarme. Y cuando pase eso, vas a abrir los ojos y vas a darte cuenta que aunque me empujes mil kilómetros, yo sigo acá. Porque te mentí, sí, pero no es mentira que lo único que quiero sos vos, forra de mierda. Me voy a quedar acá hasta que decidas jugartela como yo estoy dispuesto a apostar mi vida.
domingo, 24 de febrero de 2013
Anónimo: I'm all shook up.
La lluvia le había lavado todas las palabras. Había granizado posibles desenlaces y cada pensamiento había dejado un agujero en el piso, en el techo del auto. El piso había temblado y los relojes se habían parado. El viento había volado las páginas del calendario y, sin importar adónde mirara, todo marcaba el mismo día, la misma hora: diecisiete de enero, a las cinco de la mañana. Su ropa todavía yacía en el suelo. Al lado reposaban una copa de vino vacía y sus esperanzas en piezas.
"No significó nada" se repetía una y otra vez mientras sonaba la ausencia de música haciendo eco en cada pared que había sido desnudada de cada foto, cada souvenir.
Las piernas le temblaban. Lo que no se había ido con el agua, se había escurrido por el desagüe de la cocina, o por la rejilla del baño.
"Pensás mucho."
Desde donde ella lo veía, no pensaba lo suficiente. Quizás de haberlo hecho con más afán, podría haber visto las señales en sus manos, o escuchado sus gritos en cada texto que había leído. Quizás de haber pensado un poco más, la secuencia hubiese sido diferente. Con cada segundo que pasaba, sus pensamientos rompían los pocos recuerdos que quedaban intactos; los descomponía en piezas pequeñas y los distribuía en la mesa, donde noches atrás había dos platos dispuestos a servir a otro momento. Analizaba cada una de ellas: sus puntas filosas, sus relieves, sus faltas y atributos. Al cabo de horas era una masa deshecha enfrentada a un océano de piezas de rompecabezas que, aunque intentara, no podía volver a armar.
Algo faltaba. Sus ojos, capaz. Tenía los brazos en su cintura y las piernas en el marco de la puerta, pero faltaban sus ojos. Eran ellos los que lo hacían él. Nunca lo había notado. Eran detalles que había dejado pasar de largo y tomado por sentado. ¿Cómo? Ahora sonaba tan obvio.
"No significó nada" se repetía una y otra vez mientras sonaba la ausencia de música haciendo eco en cada pared que había sido desnudada de cada foto, cada souvenir.
Las piernas le temblaban. Lo que no se había ido con el agua, se había escurrido por el desagüe de la cocina, o por la rejilla del baño.
"Pensás mucho."
Desde donde ella lo veía, no pensaba lo suficiente. Quizás de haberlo hecho con más afán, podría haber visto las señales en sus manos, o escuchado sus gritos en cada texto que había leído. Quizás de haber pensado un poco más, la secuencia hubiese sido diferente. Con cada segundo que pasaba, sus pensamientos rompían los pocos recuerdos que quedaban intactos; los descomponía en piezas pequeñas y los distribuía en la mesa, donde noches atrás había dos platos dispuestos a servir a otro momento. Analizaba cada una de ellas: sus puntas filosas, sus relieves, sus faltas y atributos. Al cabo de horas era una masa deshecha enfrentada a un océano de piezas de rompecabezas que, aunque intentara, no podía volver a armar.
Algo faltaba. Sus ojos, capaz. Tenía los brazos en su cintura y las piernas en el marco de la puerta, pero faltaban sus ojos. Eran ellos los que lo hacían él. Nunca lo había notado. Eran detalles que había dejado pasar de largo y tomado por sentado. ¿Cómo? Ahora sonaba tan obvio.
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