domingo, 10 de marzo de 2013

Resaca de rol y un par de otros males.

- ¿Hace cuánto jugás?
- Casi veintidós  años. ¿Vos?
- Treinta y tres. ¿En serio sólo veintidós?
- Sí, pero jugué mucho con toda la gente incorrecta. Ya estoy harta, igual.
- Creo que todos pasamos por eso.
- Sí, probablemente. Es que no me gusta mucho no tener ni voz ni voto en qué me pasa.
- Creeme que te entiendo. Llega a un punto en que lo único que querés hacer es correr y encerrarte en un lugar, y olvidarte que te enseñaron a jugar en primer lugar.
- El problema es cuando tenés las reglas escritas en la piel. Vayas a donde vayas, te mirás tu propio cuerpo y las ves: en una mesa en un bar, estando en tu cama,...
- Y hay peores lugares. Hay agravantes: caminando en la calle, mirando que alguien más te sostiene la mano...
- Sí. Y querés confiar, pero ya han hecho tanto daño. No sabés si esa mano es una mentira aún cuando todo adentro tuyo te pide que creas que es verdad porque querés la emoción del primer juego de nuevo.
- Moriste y volviste al ruedo tantas veces que empezás a dudar hasta de tus propias acciones.
- Tal cual.
- Es horrible.
- Sí.
- Me encantaría poder escribir nuevas reglas.
- Unas que duelan menos cuando todo se acabe.
- O que impidan que acabe.
- Mejor todavía. Nada peor que ese sabor amargo cuando te despertás y sabés que el juego acabó; que todo ese tiempo que invertiste en aprenderte los nombres, los detalles, todo, fue en vano. Ahora tenés que aprenderte nuevos. Invertir más tiempo.
- Odio el tiempo.
- Yo también.
- Me gustaría poder escribir nuevas reglas.
- Unas que no duelan para nada.
- Exacto. Unas que no me hagan querer llorar y vomitar cuando todo se acabe.
- Porque lo que la experiencia me dice es que es inevitable que acabe.
- Un asco.
- Sí. ¿Te alcanzo a tu casa?
- Es tarde: no quiero jugar.
- Yo tampoco.

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