Misma hora de siempre. El reloj se burlaba de ella. Un pie delante del otro. Un paso a la vez.
Respirá, se repetía en voz alta, convencida de que el ruido de su música en los auriculares la mantenían oculta del resto de la vida. Respirá.
Su cuerpo no se sacudía pero sí se bamboleaba de un lado para el otro. Miraba a sus lados buscando un punto fijo en cual concentrarse para evitar irse al piso, pero donde fuese que miraba, veía colores muy fuertes, o muy tristes, o muy ruidosos. Nada servía.
Respirá.
Buscaba un escondite entre la multitud que parecía tener ojos sólo para ella. Capaz era que esa mañana se había olvidado de maquillarse. Capaz lo notaban. Un pie delante del otro y con cada paso ella se preguntaba por qué era que su hermana siempre se veía bien recién despierta y ella tenía que pasar una hora frente al espejo para igual verse horrenda.
Consiguió un punto apartado, entre el café donde había discutido con su ex aquella vez acerca de la diferencia entre la palabra cafetería y bar y el kiosco donde había comprado el paquete de carilinas para secarse las lágrimas cuando cortaron once meses después. Se sumergió en la sombra, se sentó sobre sus talones y respiró.
Uno. Dos. Tres.
De nuevo.
Uno. Dos. Tres.
Otra vez.
Uno... Dos... Ya está.
La sangre volvía de a poco a su cabeza escurriéndose en gotas de las luces de los semáforos y los números del reloj. Cinco y dos. Alto. Rojo.
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