Abrió la puerta a su viejo castillo y sintió el aire pesado abrumarla.
Los cadáveres de sus víctimas pasadas yacían en el suelo mientras sus pies se abrían camino entre los cuerpos bañados en recuerdos.
Me despido de esta página.
A veces hay que cerrar puertas para abrir nuevas. Hoy cierro esta porque hay manos que son demasiado débiles para hacerlo.
Gracias por toda la magia, pero la magia ya no pertenece a este lugar.
Me voy de acá, a ver dónde me lleva la vida.
De la misma manera que esto empezó, termina: con fuego.
Esto empezó como el viaje de una chica de unos veintitantos intentando dejar de fumar. Ahora es como un diario íntimo. Esperen incoherencia, ira, frustración, cosas lindas y capaz que un par de cosas sexuales. Lean a su riesgo.
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sábado, 30 de marzo de 2013
jueves, 28 de marzo de 2013
Me duele lo que no es cuerpo.
A veces siento la magia drenarse de mí entre las lágrimas. Es como si fuese una canilla que gotea y eventualmente se vacía el tanque. Le tengo miedo a ese momento. Debo admitir que ese miedo sí es uno que tiene el poder de no sólo paralizarme, si no quebrarme las piernas, romperme los brazos y despedazarme. Hoy es uno de esos días en los que siento que perdí la magia entre todos los regalos que hice con ella, porque la vida hoy no los devuelve.
No soy de pensar que la gente puede estar irreparablemente rota, pero hoy, sin lugar a dudas, me rompí.
Buenas noches.
No soy de pensar que la gente puede estar irreparablemente rota, pero hoy, sin lugar a dudas, me rompí.
Buenas noches.
martes, 26 de marzo de 2013
Hasta acá llegué.
tch tch tch tch
Intentar callar al silencio ya no era suficiente. Sin importan qué tanto intentara esconderse de él, su ruido la encontraba. Se colaba entre los silencios musicales entre sus canciones preferidas en el camino al trabajo. Se escribía en el vapor del espejo por el calor de la ducha. Se imprimía en las ojeras bajo sus ojos. Donde fuese que iba, el silencio la seguía.
Sacudió las piernas e intentó pararse. A duras penas logró erguirse frente a su cama y mirar a sus lados, confirmando que no era una mentira. Una vez más, como mil otras, observó cada rincón de su casa buscando de dónde venía ese silencio. Como un grillo intruso en su hogar, gritaba desde algún escondite. Quizás se había metido cuando le daba la espalda a la ventana, o durante la noche mientras sus ojos estaban cerrados.
Intentó prendiendo el ventilador viejo que su madre le había regalado. Capaz eso podría ocultar el grito que invitaban a su razón a jugar. Las hojas comenzaron a moverse. El motor falto de aceite nuevamente producía ese sonido que le calentaba los huesos y le daba cierto sentido falso de seguridad. Sin embargo el aullido de ese animal que no podía ubicar vencía al monótono cantar de ese aparato pseudo-tecnológico y cubría la habitación con el rugido más áspero y duro.
Había algo en su alarido que sonaba conocido. Cierta dulzura en la rasposidad de las letras que se alargaban en fonemas toscos. Un factor que se escondía tras los chillidos agudos que le sugería al oído promesas de un mejor futuro en el caos del mundo apocalíptico que amenazaba su utopía.
El silbido salvaje se hacía cada vez más fuerte. Ella sabía que era indomable. Ella sabía que sería mejor no encontrarlo -de hecho, ni buscarlo. Se disfrazaba como una canción de las sirenas, pero tras ese manto era tan sólo lamento y quejido del cual no se podía volver atrás.
Las ondas del sonido del silencio viajaban aún por el viento batido por las hojas oxidadas de aquel regalo que le había ofrecido un refugio tantas otras veces; como si su cuerpo fuese de cristal y sus músculos de papel, el cantar en crescendo de sus miedos y sus inseguridades sacudían y arrasaban con cual fuese el obstáculo que se atravesara: fuese objeto o fuese alma.
Intentar callar al silencio ya no era suficiente. Sin importan qué tanto intentara esconderse de él, su ruido la encontraba. Se colaba entre los silencios musicales entre sus canciones preferidas en el camino al trabajo. Se escribía en el vapor del espejo por el calor de la ducha. Se imprimía en las ojeras bajo sus ojos. Donde fuese que iba, el silencio la seguía.
Sacudió las piernas e intentó pararse. A duras penas logró erguirse frente a su cama y mirar a sus lados, confirmando que no era una mentira. Una vez más, como mil otras, observó cada rincón de su casa buscando de dónde venía ese silencio. Como un grillo intruso en su hogar, gritaba desde algún escondite. Quizás se había metido cuando le daba la espalda a la ventana, o durante la noche mientras sus ojos estaban cerrados.
Intentó prendiendo el ventilador viejo que su madre le había regalado. Capaz eso podría ocultar el grito que invitaban a su razón a jugar. Las hojas comenzaron a moverse. El motor falto de aceite nuevamente producía ese sonido que le calentaba los huesos y le daba cierto sentido falso de seguridad. Sin embargo el aullido de ese animal que no podía ubicar vencía al monótono cantar de ese aparato pseudo-tecnológico y cubría la habitación con el rugido más áspero y duro.
Había algo en su alarido que sonaba conocido. Cierta dulzura en la rasposidad de las letras que se alargaban en fonemas toscos. Un factor que se escondía tras los chillidos agudos que le sugería al oído promesas de un mejor futuro en el caos del mundo apocalíptico que amenazaba su utopía.
El silbido salvaje se hacía cada vez más fuerte. Ella sabía que era indomable. Ella sabía que sería mejor no encontrarlo -de hecho, ni buscarlo. Se disfrazaba como una canción de las sirenas, pero tras ese manto era tan sólo lamento y quejido del cual no se podía volver atrás.
Las ondas del sonido del silencio viajaban aún por el viento batido por las hojas oxidadas de aquel regalo que le había ofrecido un refugio tantas otras veces; como si su cuerpo fuese de cristal y sus músculos de papel, el cantar en crescendo de sus miedos y sus inseguridades sacudían y arrasaban con cual fuese el obstáculo que se atravesara: fuese objeto o fuese alma.
miércoles, 13 de marzo de 2013
Neurosis: Vómito verbal.
Las palabras descansan mientras mi mente despierta cada pizca de duda y la razón me da la espalda. Cuento las vueltas que doy en mi cama e imagino qué tan profundo podría cavar. Tan profundo como el Silencio que agujereó mi piel y rasgó cada fibra de mi ser. Tan profundo como los mil dilemas que mi cerebro garabatea en el aire que mezcla brisa y humo de mil cigarrillos quemados a medida que el tiempo se fuma mi racionalidad, mi torso, mi cuello, mis piernas y mis brazos, dejándome siendo tan sólo ceniza de polvo de estrellas e inseguridad. Tan profundo como los signos de interrogación que se cortan en mi piel y perforan mis venas, bañándome de palabras que incineran mis células. Y más. Me acuerdo del momento en que me compararon con un escritor porque mis oraciones pueden seguir por horas y metros porque siempre me dio miedo poner un punto final que separe ideas. ¿Por qué separarlas? ¿Por qué no dejarlas ser en comunidad como yo quiero que sean, viviendo juntas en la armonía del caos que reina mi mente y disfrutar el sinsentido de mil letras que intentan encontrar sentido en donde claramente no hay? ¿Por qué debería de acatar las reglas que me dicen que tengo que seguir un tren de pensamiento, que tengo que hacer las cosas simples para quién sea que lea, que tengo que ponerle un punto, una coma, un paréntesis, un plan a algo que intenta imitar el arte de la vida que claramente no tiene orden sino un gran hilo conector que sigue por millas y días y silencios y miradas y más? Tengo un disco rígido de mil quinientos setenta y nueve terabytes en mi cabeza y siento cómo se calienta y me consume con el roce de mis dedos contra las teclas del teclado que ruegan tocar algo más que plástico y heridas levemente cicatrizadas que cada tanto se rasgan y sangran y llueven dolor por cada rincón y cada lugar. Intento aplicar la teoría que me enseñaron en las clases de locución a mis catorce años para intentar recordar cómo mierda se hacía para respirar, pero mis pulmones no quieren respirar: mis pulmones quieren absorber cada átomo y cada molécula de algo intangible por lo que voy a pelear hasta quedarme sin aliento, hasta que el tiempo me corte a la mitad, hasta que la vida aumente el porcentaje y mi mente implosione, dejándome una con la luz y las estrellas y el agua de las mil lágrimas lloradas que no quiero ni voy a llorar. Dicen que mi cuerpo es aproximadamente un setenta y cinco por ciento de agua y mientras veo el humo salir de mi boca pienso en cómo cada litro podría salir por abajo de mis uñas mientras intento inútilmente, ilusamente, pelotudamente, escupir palabras que no pueden salir porque el tiempo dicta que no tienen que salir, porque la razón rige y dicta que no pueden salir, porque hay ritmos, hay melodías, hay reglas que dicen que después de a va b y después del uno va el dos y yo no quiero pensar en nada de eso porque después de mi va el vos. Eso. Exactamente eso. Va en orden. ¿Orden? ¿Qué es el orden? ¿Para qué existe? No quiero un orden, no quiero un índice, no quiero números ni teoría aplicada a la vida que no funciona, que no debería existir, no quiero que alguien me diga qué sí y qué no porque ¿quién es ese alguien colectivo más que una construcción social que no existe en la realidad que no sabe ni está interesado en saber el ritmo en que mi corazón late ni la manera en que en este preciso momento mis pensamientos están corriendo por mi mente y escarbando y arañando contra cada músculo, cada hueso? Paso cada segundo, despierta y dormida, intentando digerir procesos y sucesos, incorporando información ajena como mía, grabando huellas dactilares en mis ojos y miradas en las yemas de mis dedos y cuerpos ajenos en mi vida y cada segundo de mi vida se comprime y desfragmenta adentro mío y ahora aparentemente hasta la física cuántica intenta decirme qué mierda pasa con mi alma después de que deja de ser mía y pasa a ser del mundo. ¿Y qué si yo digo que mi alma nunca fue mía? Es casi tan suya como mía: es una con la complicidad que juega entre mis dedos bajo las sábanas y con la cercanía que existe aún a kilómetros de distancia y más. No soy una máquina. Si así lo fuese tendría un botón de apagado que en este momento detendría las cosas que corren por mi cuerpo usando autopistas que van de acá para allá, como luciérnagas que vuelan contra la luz desesperadas intentando llenarse de algo más, como mis brazos que abrazan el vacío a mi lado y sienten que no hay vacío, no hay silencio, no hay estática, no hay nada más que el todo mismo al lado mío en esta noche que puedo escuchar como banda sonora voces ajenas y gritos y palabras y declaraciones que me encantaría decir pero el tiempo me dice que no puedo decir porque el tiempo es una mierda que un grupo de pelotudos me dice que tengo que tener en consideración sin darse cuenta que es una puta construcción social que a mí no podría chuparme más un huevo que no tengo porque me cago en lo infeliz que son todos los tarados de la re mil puta que deciden dejarse vencer por la estúpida idea de que somos todos máquinas de mierda que buscan enchufarse a una gran caja que los hace cada vez más inoperantes, más miopes cerebrales, más insulsos y vacíos y yo me rehuso con la gelatina que solían ser mis rodillas y con mi mente que está hecha de salchichas y mucho chocolate a rendirme y dejarme ganar por una estúpida construcción social que abarca tanto como el tiempo mismo que se extiende entre veinticuatro horas que suben y bajan desde la punta de mi pelo hasta las puntas de mis dedos, llenándome de sensaciones que no puedo explicar ni quiero explicar porque las palabras se quedan cortas y las tengo que ordenar en oraciones separadas por puntos y comas que separen ideas que no tengo porque no tengo ni la más puta idea de qué mierda estoy diciendo ni sé por qué carajo no estoy diciendo las dos palabras que tanto quiero decir al oído de alguien que las quiera escuchar compartiendo la misma psicosis colectiva, el mismo estúpido valor de que todos valemos más que una máquina del orto, que nuestras sonrisas, nuestras miradas, nuestras lágrimas, nuestro equipaje, nuestras propias ideas que vencen a las convencionales, y más.
Esto, mis amigos, es una pequeña muestra de mi cerebro.
Esto, mis amigos, es una pequeña muestra de mi cerebro.
lunes, 11 de marzo de 2013
Guía del usuario.
Esto es para Vos, porque no te lo puedo decir con otras palabras ni de otra manera, pero sé que sabés que sé que leés esto.
Sí, estás acá.
Si alguien que me lea se siente identificado con un personaje o se encuentra entre mis palabras, lo más probable es que sea ese personaje. Vos sos uno.
No te voy a decir cual. Los cambios de nombre están ahí por una razón.
Hay más de una entrada que tendría que tener más de una etiqueta porque habla de más de una persona, pero no me gusta. Por eso etiqueto al que más importa en conexión a lo que sentía cuando escribí la entrada.
Estás. Sabés que estás. No es muy difícil encontrarte tampoco. Tampoco es difícil encontrar por qué sos parte de este capítulo de mi blog en el cual hay más realidad y menos cuotas de ficción.
Por favor, entendé que no puedo usar otras palabras para decirte lo que está acá. Entendé que capaz podría, pero no puedo ahora.
Sí, estás acá.
Si alguien que me lea se siente identificado con un personaje o se encuentra entre mis palabras, lo más probable es que sea ese personaje. Vos sos uno.
No te voy a decir cual. Los cambios de nombre están ahí por una razón.
Hay más de una entrada que tendría que tener más de una etiqueta porque habla de más de una persona, pero no me gusta. Por eso etiqueto al que más importa en conexión a lo que sentía cuando escribí la entrada.
Estás. Sabés que estás. No es muy difícil encontrarte tampoco. Tampoco es difícil encontrar por qué sos parte de este capítulo de mi blog en el cual hay más realidad y menos cuotas de ficción.
Por favor, entendé que no puedo usar otras palabras para decirte lo que está acá. Entendé que capaz podría, pero no puedo ahora.
miércoles, 6 de marzo de 2013
lunes, 25 de febrero de 2013
domingo, 24 de febrero de 2013
Esquizofrenia al cuadrado.
- Intentá, dale.
- No.
- ¿Por qué?
- Porque no quiero.
- Pero, ¿por qué?
- Porque las palabras no me sirven para nada. Las palabras son mentiras. Son mentiras por omisión. No alcanzan.
- ¿Para qué no alcanzan?
- Para escribir esto.
- ¿Por qué no?
- Porque entre letra y letra, hay mil pensamientos abstractos. Hay millones de significantes sin significados, y viceversa.
- Hace lo mejor que puedas.
- No alcanza.
- ¿Por qué?
- Las palabras no son suficientes. Mienten. Mi mirada no.
- Pero no estás mirando a nadie; estás mirando una pantalla.
- Ya habrá tiempo para que mi mirada hable.
- ¿Y si no se entiende?
- Es falta de cancha en mirarla. Hay tiempo.
- Tiempo...
- Callate.
- Siempre te quejás del tiempo. Odiás el tiempo.
- Capaz no es tan malo a veces.
- Intentá.
- No.
- ¿Por qué?
- Porque para escribir esta entrada, necesito escribir un diccionario nuevo que reinvente el idioma o crear uno nuevo.
- Hacelo.
- Lo hago.
- ¿Cuándo? ¿Cómo?
- Con mis ojos. A mí, las palabras me fallan, pero ¿mis ojos? Ellos no mienten. Ellos dicen todo.
- No.
- ¿Por qué?
- Porque no quiero.
- Pero, ¿por qué?
- Porque las palabras no me sirven para nada. Las palabras son mentiras. Son mentiras por omisión. No alcanzan.
- ¿Para qué no alcanzan?
- Para escribir esto.
- ¿Por qué no?
- Porque entre letra y letra, hay mil pensamientos abstractos. Hay millones de significantes sin significados, y viceversa.
- Hace lo mejor que puedas.
- No alcanza.
- ¿Por qué?
- Las palabras no son suficientes. Mienten. Mi mirada no.
- Pero no estás mirando a nadie; estás mirando una pantalla.
- Ya habrá tiempo para que mi mirada hable.
- ¿Y si no se entiende?
- Es falta de cancha en mirarla. Hay tiempo.
- Tiempo...
- Callate.
- Siempre te quejás del tiempo. Odiás el tiempo.
- Capaz no es tan malo a veces.
- Intentá.
- No.
- ¿Por qué?
- Porque para escribir esta entrada, necesito escribir un diccionario nuevo que reinvente el idioma o crear uno nuevo.
- Hacelo.
- Lo hago.
- ¿Cuándo? ¿Cómo?
- Con mis ojos. A mí, las palabras me fallan, pero ¿mis ojos? Ellos no mienten. Ellos dicen todo.
sábado, 23 de febrero de 2013
Vómito verbal II
Por primera vez en meses, no tengo ganas de salir de mi cama. Tengo rol en una horas y hace tiempo eso venía siendo razón suficiente para hacerme estirar las piernas. En vez, me siento y pienso sobre temas que me da lo mismo pensar, como por qué no uso sangrías en mis entradas o por qué a veces ciertas teclas de mi teclado dejan de funcionar, pero nunca son las mismas, y siempre se soluciona antes de que me cuenta, por lo cual nunca parece ser síntoma de algo más.
Así empiezo el tren de pensamiento, meditando sobre el que tuve ayer. Pienso en cómo lo que terminó saliendo de mi boca como últimas palabras del día, habían sido efectos colaterales de una frase que me dije a mí misma a las siete de la mañana en el camino a la oficina. "Nauseas." Todo empezó con esa palabra. Y a su vez, si lo intento pensar, se conecta con una conversación que tuve con alguien en mi cabeza el otro día, cuando me dije -textual- "y eso que ustedes llaman mariposas, yo las siento como nauseas."
Sigo pensando y me acuerdo de mis 19 años. Parecen tan lejos pero fue hace tan sólo un tiempo.
Tiempo. Tiempo es lo que pasa mientras intento no pensar, pensando en cosas que me da lo mismo si pasan o no. Esta vez falla la letra c.
Tenía 19, me enamoré. Ilusa. Fue rápido, más no indoloro. Digámosle Gastón. Caí fuerte. Estoy segura de que si la gente deja marcas, la mía en ese momento fue un cráter. En fin, me enamoré. No funcionó, por si no se dieron cuenta. Me dolió, lloré, grité, me enojé. Hice todo el trámite que uno tiene que hacer para sufrir y no sufrir más. Eventualmente, dejó de ser lo que pensaba en todo momento. Eventualmente, pensé en otra persona, aunque Gastón seguía ahí. ¡Y eso que ni siquiera estaba! Rafael -digámosle así- vino. Cráter se queda corto para expresar su marca en mí. Me descompuse, mejor dicho. De nuevo, NAUSEAS. No fue rápido esta vez. Fue lento. Pero de ese lento que es demasiado lento y que arrastra las cosas y saca chispas contra el suelo. De nuevo, TIEMPO. Nos tomamos el nuestro, que fue mucho. Las nauseas nunca se fueron y eventualmente me hicieron vomitar el mundo. Cráter. Mi mundo, su mundo y por ende, el nuevo, en piezas. Entonces alguien más vino y confundió el espacio por algo más que un vacío. Así quedo.
Esta conversación la tuve hace una semana. Hace una semana escribí mil palabras que no existen, que no alcanzan entre las letras A y la O. Hoy no funciona la C.
Nauseas.
Parezco un disco rayado. ¿Por qué pienso en nauseas?
Porque hace dos días hablaba con mi cabeza y mi cabeza me recordó que Leandro me hizo pensar que las Nauseas eran algo más, pero terminaron siendo síntoma de una enfermedad que yo misma me hacía creer que no tenía, cuando me la contagié yo solita. Leandro se fue. Y acá estoy. Tiempo mediante, pienso.
Pienso en las Nauseas, en que nunca se fueron. Nunca se convirtieron en mariposas. En ese aspecto, nada cambió. Pero yo cambié, y desde entonces no siento nauseas. No se equivoquen, tampoco hay mariposas, pero no hay nauseas. Hay enamoramientos en el colectivo y cómoledoyaesechico y diossantocómomegustaríaquelascosasnofuesenasí, pero no hay nauseas.
Vuelvo a la conversación esa de hace dos días. Cambié. ¿Algo más habrá cambiado? ¿Podré sentir algo más que nauseas ahora?
Ya no entran en juego ni Gastón, ni Rafael, ni Leandro, ni César ni nadie. Soy yo. Soy yo y el tiempo y, espero, que con el tiempo, sea yo con algo nuevo más que nauseas.
Pero ya veré. La incertidumbre me mata. ¿Puedo sentir algo más? ¿Soy capaz?
Por ahora me conformo con no sentir mariposas en la ausencia de las nauseas.
Capaz así me de cuenta cuando algo es bueno: cuando me sorprenda y no me enferme y no quiera vomitar mis entrañas.
Nauseas. Tiempo. Algo. Residuos de un Slam.
Así empiezo el tren de pensamiento, meditando sobre el que tuve ayer. Pienso en cómo lo que terminó saliendo de mi boca como últimas palabras del día, habían sido efectos colaterales de una frase que me dije a mí misma a las siete de la mañana en el camino a la oficina. "Nauseas." Todo empezó con esa palabra. Y a su vez, si lo intento pensar, se conecta con una conversación que tuve con alguien en mi cabeza el otro día, cuando me dije -textual- "y eso que ustedes llaman mariposas, yo las siento como nauseas."
Sigo pensando y me acuerdo de mis 19 años. Parecen tan lejos pero fue hace tan sólo un tiempo.
Tiempo. Tiempo es lo que pasa mientras intento no pensar, pensando en cosas que me da lo mismo si pasan o no. Esta vez falla la letra c.
Tenía 19, me enamoré. Ilusa. Fue rápido, más no indoloro. Digámosle Gastón. Caí fuerte. Estoy segura de que si la gente deja marcas, la mía en ese momento fue un cráter. En fin, me enamoré. No funcionó, por si no se dieron cuenta. Me dolió, lloré, grité, me enojé. Hice todo el trámite que uno tiene que hacer para sufrir y no sufrir más. Eventualmente, dejó de ser lo que pensaba en todo momento. Eventualmente, pensé en otra persona, aunque Gastón seguía ahí. ¡Y eso que ni siquiera estaba! Rafael -digámosle así- vino. Cráter se queda corto para expresar su marca en mí. Me descompuse, mejor dicho. De nuevo, NAUSEAS. No fue rápido esta vez. Fue lento. Pero de ese lento que es demasiado lento y que arrastra las cosas y saca chispas contra el suelo. De nuevo, TIEMPO. Nos tomamos el nuestro, que fue mucho. Las nauseas nunca se fueron y eventualmente me hicieron vomitar el mundo. Cráter. Mi mundo, su mundo y por ende, el nuevo, en piezas. Entonces alguien más vino y confundió el espacio por algo más que un vacío. Así quedo.
Esta conversación la tuve hace una semana. Hace una semana escribí mil palabras que no existen, que no alcanzan entre las letras A y la O. Hoy no funciona la C.
Nauseas.
Parezco un disco rayado. ¿Por qué pienso en nauseas?
Porque hace dos días hablaba con mi cabeza y mi cabeza me recordó que Leandro me hizo pensar que las Nauseas eran algo más, pero terminaron siendo síntoma de una enfermedad que yo misma me hacía creer que no tenía, cuando me la contagié yo solita. Leandro se fue. Y acá estoy. Tiempo mediante, pienso.
Pienso en las Nauseas, en que nunca se fueron. Nunca se convirtieron en mariposas. En ese aspecto, nada cambió. Pero yo cambié, y desde entonces no siento nauseas. No se equivoquen, tampoco hay mariposas, pero no hay nauseas. Hay enamoramientos en el colectivo y cómoledoyaesechico y diossantocómomegustaríaquelascosasnofuesenasí, pero no hay nauseas.
Vuelvo a la conversación esa de hace dos días. Cambié. ¿Algo más habrá cambiado? ¿Podré sentir algo más que nauseas ahora?
Ya no entran en juego ni Gastón, ni Rafael, ni Leandro, ni César ni nadie. Soy yo. Soy yo y el tiempo y, espero, que con el tiempo, sea yo con algo nuevo más que nauseas.
Pero ya veré. La incertidumbre me mata. ¿Puedo sentir algo más? ¿Soy capaz?
Por ahora me conformo con no sentir mariposas en la ausencia de las nauseas.
Capaz así me de cuenta cuando algo es bueno: cuando me sorprenda y no me enferme y no quiera vomitar mis entrañas.
Nauseas. Tiempo. Algo. Residuos de un Slam.
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