Desde chicos nos enseñan que el amor no tiene precio. Podés comprarte el auto, la casa, el asado del domingo, pagar la cancha con los chicos, los zapatos, la comida, el vestido, pero el amor, es un asunto completamente distinto.
Sin embargo, acá estoy. Veintiún años, endeudada., viviendo sola y pagando el precio más alto por el peor mal: los chicos.
Es injusto decir que el amor no tiene precio. Calculemos. Aproximadamente 100 pesos por el psicólogo semanal, el alcohol para borrar nombres y rostros, la comida para enterrar sentimientos y la lista sigue. Quemé casi mil trescientos pesos para borrar el último corazón roto. No me venden más el verso de que el amor no tiene precio. Lo tiene, y no sólo en plata.
El amor cuesta. El amor se paga en cuotas, incluso cuando termina. A la mierda con todo, se paga incluso cuando el amor no es correspondido, cuando nunca se da, cuando se sufre en silencio, cuando lo ves y lo único que podés hacer es gritar con los ojos el grito más fuerte que nunca será oído.
Hoy lo pago con mis palabras y aquel que me las cobra no podría estar menos enterado del valor de aquellas charlas en las que nunca nos entendimos.
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