martes, 26 de febrero de 2013

Feliz aniversario, vida.

El Sol sale una vez más en mi cielo y yo me despierto como nunca, o como siempre. Me siento sobre la cama, piernas cruzadas, abro la computadora y me conecto. Ya es inercia, es algo natural, como mirarme las manos y buscar las de otra persona que -¿ya?- no está. Apago la alarma una vez, dos, tres. Eventualmente decido moverme. ¿Voy? ¿No voy? ¡Voy! ¡No, no voy! ¡Andá! Ok, voy.
Las vueltas de siempre. Me lavo los dientes, cinco minutos más de internet, me visto, me miro al espejo mientras me delineo los ojos y pienso "un día de estos va a ser diferente."
Ya es hora. Me calzo. ¿Botas o sandalias? Salgo. Una carta: capaz hoy no es como siempre. Pocos entienden la lógica que veo tras las cartas tiradas en la calle. No me importa, para mí tiene el mismo sentido que el por qué respiro o por qué me levanto a la mañana.
Salgo del auto, camino una cuadras. Hoy definitivamente es diferente. Sorprendida, atormentada, sacudida, como quieran que le diga, lo veo. Está igual. Mismos ojos, mismo cuerpo cansado de un poco más de lo mismo, mismo pelo que baila -sólo que ya no lo hace entre mis dedos-, mismo él. Pero ahora sin mí. Ya no tiene más mi corazón hecho añicos en sus manos. Lo ignoro. Él hace lo mismo. Nos vimos pero debió ser una jugarreta del destino. Sigo camino.
Bajo al subte. Pago. Me siento. Miro a mi lado y ahí lo veo. Él, ya no tan igual. Los años no le sientan bien y eso que tan sólo fueron dos. Lo ignoro. Con él no pienso si me vio.

- ¡Juli!
- Emmmm... Hola.
- Marcos, ¿te acordás de mí?
- Sí, obvio. ¿Cómo andás?
- Bien, bien. ¿Vos? ¿Seguís con el chico por el que te fuiste la última vez?
- Emmmm... No.

Hablo la conversación en mi cabeza. Sé cómo sería y no la quiero tener. Después de un rato, veo que me vió. Cambio de vagón. Hasta nunca. Llego al trabajo y miro el puntaje en lo que va del día. Juli un par, la vida muchas.
Mecánica, eso es lo que es. Abro sesión y sigo camino. Facebook, twitter, linkedin, las páginas del laburo y eso. Sigo. Trabajo. Hablo. Escribo. Como y sigo.
Me voy. Camino las mismas cuadras que caminé hace seis horas. La que me falta es cruzármelo a él. No lo hago. Bajo al subte, viajo, llego a mi estación y emprendo camino por esas cuatro cuadras que él antes caminaba conmigo. Con la mirada para abajo pero no caída, cruzando la calle, evitando que me pise el 102, la veo. Otra carta: capaz hoy, después de todo, sí sea diferente. 

Llego a casa. Abro la puerta. Dos sesiones de diez minutos para limpiar un poco el quilombo que no quise limpiar ayer. Por fin termino de llegar a casa y me siento en mi cama. Abro la notebook y mientras espero que se abra lo usual, levanto la mirada:

I THINK I CAN I THINK I CAN I THINK I CAN I THINK I CAN I THINK I CAN I THINK I CAN
I KNEW I COULD.

Pude.

Feliz año de vida, Juli.

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