martes, 8 de enero de 2013

El hombre ideal


Para usar las palabras de Nietzsche: el hombre de mis sueños está muerto, o tiene novia.
Ah, ¿no dijo eso? Aplica igual.
Desde que me gustan los chicos de manera consciente, física e intelectualmente, vengo haciendo una lista de lo que quiero en un hombre. ¿Para qué?
A medida de los años, fui sumándole cosas a la lista, pero empezó con algo así:
El hombre que yo quiero toca un instrumento (en orden: bajo, piano, guitarra -a menos que sea muy bueno con los riffs, if you know what I mean-), usa jeans ajustados (a medida, no chupines) con remeras negras y camisas a cuadros, lee, escribe (prefiero prosa, pero acepto música y poesía), y tiene moto (acepto un auto, pero las motos ganan muchos más puntos, aunque me de miedo subirme a ellas).
Con el pasar del tiempo y los intentos fallidos en el amor, sumé factores.
Mi hombre ideal tiene pelo largo, le gustan las películas, escucha jazz y me acompaña a varietés o me lleva a ver películas de culto. Además, vive sólo, le gustan los perros, me deja dormir mientras él juega con la pc, me ofrece café después del sexo y se acuesta conmigo a hablar de la vida a las 3 de la mañana un sábado mientras fumo un cigarrillo (prefiero que la cama esté contra una ventana). Ah, y me roléa los stats porque me da paja a menos que sea para Cthulhu porque esos me los sé de memoria.
A lo que voy con esto es que mi hombre de mis sueños o está muerto o tiene novia (porque me rehuso a creer que no existe, y porque por esos intentos fallidos en el amor, descubrí que a veces los chicos que me dan bola simplemente tienen novia y no me entero, o me entero y es un bajón, así que lo tengo que sumar como un factor).
No voy a nada con esta entrada. Creo que no tiene una razón de ser. Simplemente soñar despierta para auto-convencerme una vez más de que si el chico de mis sueños existe y tiene novia, capaz tiene un amigo parecido que esté soltero y me de bola.
Una chica puede soñar, ¿no?
p.d: Además habla inglés y no me reta cuando cambio de idioma en el medio de una conversación, no vive con la hermana y prefiere antes que tomar cerveza, darle al fernet.

sábado, 5 de enero de 2013

La secuela

(y a veces me da miedo que sea todo un sueño. que mi gran serendipity haya sido identidad: una gran mentira. que todo haya sido una ilusión, un sueño. ¿y qué si no existen los amores así? ¿y qué si sólo pertenecen a la pantalla grande porque, traídos a la vida real, están destinados como siempre a tener un final? la vida no tiene una fuerza a y una fuerza b, enfrentadas entre sí para acarriar una historia en particular. la vida tiene fuerza 0 y así hasta el infinito en números, enfrentadas unas contra otras por el simple motivo de meter púa. no hay dualidad. hay pluralidad y causalidad y un montón de factores que no podemos controlar. ¿y qué si no existe el "y vivieron felices para siempre"? ¿cuántos divorcios hay? ¿cuánta gente mata al "amor de su vida"? ¿y qué si no existe la "media naranja"?)

(pero... ¿y que si no? ¿y qué si sí es posible? ¿está tan mal soñar con encontrarme con un chico que, por a -porque es posible- o por b -porque es casi o tan enfermo como yo-, quiera lo mismo que yo? me quedo con mi realidad alternativa donde existen los besos lindos bajo la lluvia -no sólo la cagada esa en la que el agua me molesta en los anteojos y me arruina el momento, y los autos nos empapan y los paraguas se rompen y se doblan y nos dejan sin refugio-)

Blogception: culpo a las películas.

Hace tiempo mi sueño era ser la co-protagonista de una película de John Cusack (Serendipity, para ser más exactos). Casi que por un tiempo me atrevo a decir que viví la película, sólo que con un John menos famoso, más bajo, con pelo corto, joven y que vivía por ahí cerca de Barrancas de Belgrano.
Lo malo de las películas es que terminan. Y la mía, siguiendo su naturaleza, también vió el fin, corrió los créditos y saltó la música en crescendo indicando su final.
Me costó aceptarlo. Mucho.
Fue como cuando terminás un libro y te sentís vacío (¿es normal sentir eso en una época en la cual a la gente ya ni le gusta leer?) y te enfrentás a la incertidumbre de qué le pasará a los personajes. El problema es cuando vos mismo sos un personaje.
Pero tanto como empezó y terminó mi película de John Cusack, empecé una nueva. El tema es que sigo sin saber exactamente cuál.
A veces me despierto y mientras todavía tengo lagañas en los ojos y el sueño en mi cabeza, escribo los diálogos de mi nuevo guión en el aire y los edito, cuadro por cuadro, en el cuarto de edición que tengo tras los párpados. Y, a veces, mientras lo hago, no sé si estoy viendo segmentos de una película inédita de Hitchcock (¿o debería de decir Ed Wood? Porque si bien son imágenes espantosas y que dan miedo, tienen cierto grado de ironía y patetismo digno del Gran Pequeño Director.) o cortos amateur que pasan a la madrugada en I-sat (que quieren ser, pero todavía les falta).
Extraño a John. No al que tuve, a la idea.
A veces todavía me permito soñar con sus películas infiltrándose a mi vida. Los pequeños grandes gestos, ¿vieron?
Eso es lo que extraño, supongo. La magia del cine presente en el día a día.
Lo malo de vivir en un mundo de fantasía, es que te acostumbrás, y cuando algo no es mágico, se siente como si alguien te estuviese clavando un puñal directamente en el corazón. Y lo que es aún peor, es vivir en un mundo de fantasía que sabés que puede existir, sólo que te falta la persona correcta que esté ahí a tu lado mientras dirigís.
¿Entienden? Mi productor ejecutivo, mi asistente de dirección, mi actor favorito.
Soy Tim Burton (aunque lo odio) y me falta mi Johnny Depp; John Hughes sin mi Molly Ringwald. Tarantino sin Uma o Cristoph Waltz.

jueves, 3 de enero de 2013

Me gusta perderme en ojos que nunca me van a ver, si es que eso tiene sentido.
Y me gusta escuchar palabras que sé que nunca más me van a decir.
Me gusta encontrarme en frases que no son mías. Nunca lo fueron, jamás lo serán.
Pero por un segundo, si cierro los ojos, si olvido lo que sé, lo que conozco, lo que pienso, lo que soy...
Esos ojos me miran, me susurran las palabras que tanto quiero que me digas, me escriben en la piel todas esas palabras y por un segundo, si cierro los ojos, esa realidad es la mía.

DISCLAIMER

(el otro día pasé horas pensando en la palabra "disclaimer" y no me acordaba que existía)

Estoy volviendo a escribir. Bah, mentira. No estoy volviendo a escribir. Estoy volviendo a postearlo acá después de meses de alojar mis pensamientos en otro lado. Cuestión que estoy volviendo acá, a lo que era antes, a dejar de darle enter en medio de las frases. Tenganme paciencia y sepan que me tomo licencia creativa. No hay nombres ni identidades claramente definidas tras ninguna de mis entradas. Sería todo mas facil si lo hubiese, pero no.
En fin... ESO.
Feliz 2013, personas lindas.

Trescientos sesenta y seis días y contando.

No sé qué decirte. Ya no sé ni qué quiero decirme a mí misma, no puedo esperar saber qué quiero decirle a los demás. La verdad es que creo que no quiero ni hablarte.
Prefiero el silencio. El silencio no miente.
En el silencio no existo, ni ella, ni vos, ni nadie.
En el silencio hay sólo silencio y ruido. Pero ruido sin nombre.
No sé tampoco qué quiero que me digas.
Tené en cuenta que ya ni sé quién sos, así que tampoco puedo ensayar una conversación como antes.
Antes podía pensar en qué nos diríamos. Conocía tu voz, la manera en que pronunciaban las palabras, cómo estirabas las sílabas, cómo... Cómo me hacías querer que escribieras en mis sábanas. ¿Ahora? Ahora no reconozco tu cara, ni tu timbre, ni tu mirada, ni lo que siento por vos.
¿Cómo pienso una conversación con alguien que no conozco?
Los trazos son desordenados porque no reconozco los rasgos. Lo invento a medida que dejo el tiempo pasar.
Te invento a medida que te sueño. Y, de paso, me invento a mí misma también.
Debo admitir que hay algo que si sé en medio de todo lo que no: sé que quiero que me sueñes y me inventes. Quiero que me recuerdes como vos pensabas que fui.
Quiero que me quemes con tus palabras.
Ahí está: lo dije.
Quiero que me quemes con palabras, no con sexo. Quiero sentir el fuego de tus manos sobre mis brazos estando a mil metros de distancia. Quiero sentir tu calor, tu rojo, llenar una sala completa y que vos veas que ese color me llama.
Soy como un bicho volando a la luz. Yo vuelo a la llama. Quemame.
Hagamos de cuenta que no dije eso.
¿Se puede?
Son las once de la mañana y yo no pegue un ojo en toda la noche porque estaba demasiado ocupada. No dormí porque mi cabeza pensaba y pensaba y pensaba. Pensaba en que ya no sé ni qué pensar.
¿Lo peor de todo?
Me gusta.
Me gusta no conocerte y que no me conozcas. Me gusta la distancia que no es realmente distancia porque puede ser simplemente destruída con una sonrisa y tu palma abierta invitándome a bailar la vida.
Me gusta lo que no conozco, lo cual encuentro completamente extraño y extravagante porque nunca supe manejar las cosas nuevas. Pero vos sos nuevo... Y a la vez viejo.
Sos nuevo y viejo, y no te quiero manejar ni quiero que me manejes. Es toda una nueva clase de sentimiento.
No lo entiendo y está bien.
Quiero decirte algo pero no sé qué ni sé si quiero, pero tengo ese extraño sabor en la boca de que debo decirlo.
Ya sé.
Te puedo resumir todo en tres palabras.
Te puedo sintetizar todo en esas tres pequeñas palabras para que entiendas lo que quiero.
Feliz
Año
Nuevo

miércoles, 2 de enero de 2013

Oda a lo que fue, jamás será y a lo que nunca fuimos.

Desde chicos nos enseñan que el amor no tiene precio. Podés comprarte el auto, la casa, el asado del domingo, pagar la cancha con los chicos, los zapatos, la comida, el vestido, pero el amor, es un asunto completamente distinto.
Sin embargo, acá estoy. Veintiún años, endeudada., viviendo sola y pagando el precio más alto por el peor mal: los chicos.
Es injusto decir que el amor no tiene precio. Calculemos. Aproximadamente 100 pesos por el psicólogo semanal, el alcohol para borrar nombres y rostros, la comida para enterrar sentimientos y la lista sigue. Quemé casi mil trescientos pesos para borrar el último corazón roto. No me venden más el verso de que el amor no tiene precio. Lo tiene, y no sólo en plata.
El amor cuesta. El amor se paga en cuotas, incluso cuando termina. A la mierda con todo, se paga incluso cuando el amor no es correspondido, cuando nunca se da, cuando se sufre en silencio, cuando lo ves y lo único que podés hacer es gritar con los ojos el grito más fuerte que nunca será oído.
Hoy lo pago con mis palabras y aquel que me las cobra no podría estar menos enterado del valor de aquellas charlas en las que nunca nos entendimos.