¿Te acordás esa promesa que hicimos entre sujetos tácitos y vasos vacíos? ¿Cuando me dijiste que, sin importar qué pasara, o la distancia, o el tiempo metiendo mano entre los tequieros, íbamos a seguir siendo amigos?
¿Te acordás de aquellas noches bajo la luna y el cielo estrellado? Con el humo saliendo de nuestras bocas como verdades universales que nos tocaban el alma y nos llenaban los pulmones de metáforas y sabiduría falsa; con la seguridad de quien sabe quién es o qué quiere hacer; con la certeza de que si uno se eleva no es obligatorio caer; con la fuerza y fortaleza de muchos seres, pero que nosotros nunca logramos tener.
Yo sí.
Me acuerdo del contrato que firmamos con risas y dados y palabras en cartas que no sabía leer. Recuerdo tu voz y el tono de tu mirada cuando me pediste ayuda la primera vez. Recuerdo la derrota en mis labios y en mis brazos las veces que te llamé a medianoche llorando a más no poder.
Hoy la distancia puede haberse instalado entre nosotros. El tiempo puede haber cobrado su deuda, pero ¿qué es una más cuando hay tantas cuotas y facturas que pagarle a la realidad? Yo sigo acá. Yo sigo acá sentada esperando que tus palabras se encuentren con las mías de nuevo en las ondas de sonido de tus canciones preferidas resonando en las letras de las mías. Yo te espero acá, con un vaso servido, con las manos extendidas y la sonrisa con la cual el día que no te vi ir, te dije chau.
Pase lo que pase, yo sigo acá.
Los quiero, chicos. Aunque esté todo raro. Marcaron un antes y un después y espero que sepan que ese después nunca los va a excluir, pase lo que pase.
No me voy ni en pedo yo, tengo comida y un sillón cómodo. Para que irme?
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